miércoles, 27 de julio de 2011

Historia de un corazón roto

Tal vez a algunos les suene el título de esta historia. Es uno de los relatos más antiguos que conservo. Creo que data del 2009. Sí, son dos años nada más. Pero para mí, que tiendo a desechar todo lo que escribo con el paso del tiempo, es muchísimo. En el blog quería publicar cosas nuevas, olvidarme de lo viejo. Pero llegué a la conclusión de que no tenía sentido desperdiciar una historia que me gustó y me sigue gustando tanto. Así que acá está, una de las creaciones de las que me siento más orgulloso:

Historia de un Corazón Roto


1. Utopía

Levanté la cabeza en cuanto oí mi nombre junto al suyo. Aquél pequeño susurro se abrió paso hasta llegar a mis oídos. Técnicamente no debía haber escuchado aquellas palabras. Las dos chicas que me miraban de reojo se habían preocupado por ser cautelosas. Pues bueno, no lo habían logrado.
—¿Están juntos? —preguntó una.
—No lo creo —respondió la otra.
Apartaron sus miradas de mí cuando advirtieron que no eran ellas las únicas dos personas que asistían a su conversación. Sonreí con una mueca de tristeza y me dediqué a continuar los garabatos que se extendían por el margen de mi hoja. El profesor seguía explicando conceptos que mi cerebro apenas podía comprender. Pero él, sentado a mi derecha, prestaba suma atención.
Le dediqué apenas unos segundos para poder observar su semblante de ángel, serio e imperturbable. No quería que me descubriera infraganti. Se acomodó el flequillo e hizo un par de anotaciones. Me eché sobre mi banco mientras a mi izquierda mi mejor amiga rodaba los ojos.
Porque eso era ella, mi mejor amiga. Y eso era él también: mi mejor amigo. Nada más, ni nada menos que mi mejor amigo. Cerré los ojos y soñé con una de las palabras que habían mencionado las chicas anteriormente: juntos. Deseé con todas mis fuerzas que fuera así. Que él y yo estuviéramos juntos. Pero la realidad era otra. Y mi fantasía, una utopía.


2. Escapatoria

El beso fue corto. Dulce. Cargado de pasión, pero a la vez de arrepentimiento. Una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo desde mis labios hasta mis pies, y entonces él se separó.
—Esto no está bien —susurró, con su frente pegada a la mía.
—Lo sé —sonreí con amargura.
—Somos amigos —insistió—. No está bien.
—Lo sé —repetí.
Me dio otro fugaz beso en la boca y acarició mi mejilla con sus manos ásperas. Luego me abrazó y me apretó contra su pecho. No se cuánto tiempo estuvimos así, pero a mí me parecieron sólo segundos. Finalmente se apartó y se marchó, dejándome sólo en ese armario.
Me dejé caer lentamente hasta tocar el piso helado. Suspiré.
Y entonces me desperté. Todo había sido tan sólo un sueño. Un sueño con un final amargo, pero mejor que la realidad. Me di vuelta y me tapé por completo con las sábanas. Tenía que encontrar una escapatoria a todo eso, y la tenía que encontrar pronto.

3. ¿Felicidad?

Abrí la puerta y me deslicé a través de ese oscuro pasillo. Pero pronto dejó de ser un pasillo. Me hallaba parado en medio de la nada, flotando en una oscuridad que se extendía en todas las direcciones posibles. Pero sin embargo, las penumbras no me afectaban; podía ver mi figura con claridad.
Entonces alguien me chistó.
Volteé para encontrarme con la figura de una de mis amigas. Anabel. El cabello castaño oscuro le caía lacio, como una bella cascada. Llevaba puesto un vestido rojo ceñido al cuerpo, y su maquillaje era salvaje. Me sonreía con algo de incredulidad, recostada sobre un piano negro. Sus zapatos eran rojos y extravagantes. Me parecía haberlos visto antes en algún lado.
—No estás haciendo las cosas bien —sentenció.
—¿Por qué?
—No le hacés caso a tu corazón.
Alcé una ceja con incredulidad. Aquello era lo último que esperaba escuchar salir de su boca. Por supuesto que le estaba haciendo caso a mi corazón. Siempre le hacía caso a mi corazón. Y así era como me iba. Ésta no era la excepción. Iba a replicar, pero colocó un dedo sobre sus labios, ordenándome callar. No pude hablar aunque lo deseé con todas mis fuerzas.
Giré sobre mis talones, aún contra mi voluntad. Otra de mis amigas se encontraba allí, donde segundos antes no había absolutamente nada ni nadie. Andrea. Llevaba puesto un vestido blanco suelto, simple y etéreo. El cabello negro azabache, que ni siquiera se distinguía del fondo, estaba apresado en dos infantiles coletas. Me miró enarcando una ceja, y sonrió con ternura.
—Todo va a estar bien —me alentó.
—Eso quisiera... —suspiré.
Se acercó hasta mí y me abrazó con dulzura, infundiéndome toda la confianza que pudo. No me di cuenta de cuánto bien me hacía uno de sus abrazos hasta ese momento. Su preocupación me hacía sonreír.
—Tarde o temprano, vas a ser feliz. Con él, o con quien sea...
—Porque te merecés ser feliz —dijo otra voz, desconocida hasta ese momento.
Volteé a mi derecha, donde otra de mis amigas se encontraba parada, cruzada de brazos. Malena. Llevaba puesto un traje negro, y el cabello castaño claro levemente ondulado y suelto. Me miraba con suspicacia, y como si algo no le hiciera gracia.
—Sos una buena persona —prosiguió— a pesar de todo —agregó con una sonrisa.
Me dieron ganas de decirle que no me siguieran diciendo eso, o me lo terminaría por creer. Pero ahora tampoco podía hablar. Era como si una fuerza extraña me lo impidiera. Una mano tibia se poso en mi hombro, y Anabel me susurró al oído:
—Si él no te quiere, alguien más lo va a hacer.
—Pero simplemente... —continuó Andrea.
—Déjalo ser —finalizó Malena.
—Despertate —me susurró una voz al oído, y mi piel se erizó por completo.
Abrí los ojos lentamente, hasta que una luz que se colaba por una de las pocas ventanas de aquél aula, me dio de lleno en los ojos. Lo miré. Me sonreía dulcemente, con ese aire encantador, tan propio y extraño suyo.
—Te quedaste dormido, Benji.
—Lo sé. Otra vez...

4. Realidad

Estaba acostado sobre el césped. La última clase del día había llegado a su fin y todos estábamos disfrutando de los últimos rayos del sol que nos proporcionaba el atardecer. Yo tenía la cabeza apoyada sobre el regazo de Andrea, con los ojos cerrados, sintiendo la leve brisa acariciar mi rostro. Ella jugaba con mi cabello.
—Ey... A ver si te alegrás un poco. Estás con los ánimos por el piso.
—¿Por qué lo decís? —pregunté, aún con los ojos cerrados.
—Sabés muy bien porqué...
Sí, lo sabía. Pero prefería evitar el tema, así que no contesté nada. De repente sentí unos pasos acercarse hacia donde nos encontrábamos. Las pocas hojas secas que se habían caído de los árboles, anunciando la llegada del otoño, crujían con cada una de sus pisadas. Se sentó cerca de nosotros.
—Facundo... —lo saludó Andrea, más para advertirme a mí que por las reales ganas de saludarlo.
—¿Qué le pasa? —preguntó.
Adiviné que se refería a mí. Probablemente pensaba que estaba dormido, y por lo tanto expresaba sus pensamientos en voz alta. Decidí continuar con la farsa. Sólo esperaba que mi amiga no me delatara. No lo hizo.
—Está un poquito decaído...
Facundo suspiró, pero no supe porqué. Se produjo un profundo silencio. Esperé a que alguien dijera algo más, pero como nadie lo hizo me fui hundiendo en mi propio inconsciente. Escapaba de aquella situación. Ojalá fuese tan fácil escapar de la realidad.

5. Inadecuado

Me tiró sobre la cama y me besó el cuello. Su respiración agitada sobre mi piel me producía taquicardia. Recorrió mi abdomen con una de sus manos heladas. Suspiré. Y entonces oí el rechinar de las ruedas de un triciclo. Volteé la vista mientras él me seguía besando. A menos de dos metros de donde estábamos, observé a un niño de unos cuatro años, montado en un triciclo rojo y azul. Era yo hacía casi catorce años.
—No te conviene —me dijo el niño, y clavó sus pequeños ojos grises en el rostro de Facundo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque ya lo chupó el diablo.
Miré a Facundo a los ojos. Azules y profundos. Se acomodó el flequillo y me sonrió con inocencia. En sus pupilas observé una imagen que había intentado olvidar durante meses. Una pulposa pelirroja se echaba sobre él, besándolo y acariciándolo. Él no hacía nada para impedirlo.
Cerré los ojos y me deshice de la escena.
—No te conviene —repitió el niño, serio.
Dio media vuelta y se alejó en su triciclo.

6. Tóxico

Estaba parado frente a una lápida de mármol negro, sin inscripción alguna. Junto a ella había dos más. La primera era blanca, y la que le seguía gris.
—Esta es la última —dije.
—¿La última? —me preguntó una dulce voz.
Giré la cabeza para observarme a mí mismo cuando tenía seis años. Vestía un trajecito negro, e iba de la mano de mi madre. Los ojos grises del niño, los míos, eran fríos y oscuros. Su rostro denotaba una palidez terrorífica.
—Si, ¿es que acaso hay algo más después del negro?
—Tenés razón —respondió, sin quitar su mirada de una de las tumbas—. Ya no hay nada.
Suspiré y miré el cielo encapotado. Muy pronto iba a comenzar a llover. Entonces ese era el final. Ahí se acababa todo. No más historias de amor, no más sufrimiento. El niño me miró y negó imperceptiblemente, como si supiera que mis pensamientos eran erróneos.
—¿Y qué hay con las otras? —dijo.
Mi madre tironeaba de su brazo, para llevárselo. Pero él no se movía. Me seguía mirando fijamente.
—¿Vas a lapidarlas a ellas también? —insistió.
Lo dudé unos minutos. Ellas no se merecían ese destino. El amor no apestaba, al menos no en todas sus formas.
—No, ellas tendrán otra oportunidad. Pero sólo una. No voy a volver a ponerme en juego nunca más. No de esa manera.
—Del más puro al más tóxico, todos corrieron la misma suerte. ¿Irónico, no? —se burló el niño.
Rechiné los dientes.

7. Sutura

El sonido de la máquina de coser me despertó. Abrí los ojos y me removí incómodo en mi cama. Me levanté y perseguí el sonido, que cada vez me taladraba más los oídos. Ciara estaba sentada frente a la máquina, con el semblante serio
—¿Qué estás cosiendo a esta hora? —le pregunté.
Observé un chorro de sangre escurrirse por la tela blanca.
—No hace falta que te lo explique, ¿o si? —me respondió sarcástica.
Entendí.

Alex Franco


Nota: Voy a seguir subiendo escritos nuevos (cuando los escriba xD); pero también voy a ir subiendo cosas viejas, para tener todo juntito en un solo lugar. Y aún sigo trabajando en la novela, que pronto verá la luz...

1 comentario:

  1. Me mató Utopía e Inadecuado :O
    Esos fueron los que más me dejaron con ganas de seguir leyendo :B
    EU! Sutura es bizarrisimo xD

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